Por lo visto es posible declararse hombre.
Por lo visto es posible decir no.
De una vez y en la calle, de una vez, por todos
y por todas las veces en que no pudimos.
Importa por lo visto el hecho de estar vivo.
Importa por lo visto que hasta la injusta fuerza
necesite, suponga nuestras vidas, estos actos mínimos
a diario cumplidos en la calle por todos.
Y será preciso no olvidar la lección:
saber, a cada instante, que en el gesto que hacemos
hay un arma escondida, saber que estamos vivos
aún. Y que la vida
todavía es posible, por lo visto.
— Jaime Gil de Biedma
De Compañeros de viaje,1959. Recogido en la antología Las personas del verbo. Ed. Galaxia Gutenberg, 2006.
«La idea (siguió leyendo) de que no vale la pena vivir por pocas semanas empezó a apoderarse seriamente de mí hará cosa de un mes, según me parece, cuando todavía me quedaban cuatro semanas de vida, pero se adueñó de mí por completo sólo hace tres días, cuando regresé de aquella velada de Pávlovsk. El primer momento en que esa idea penetró con absoluta claridad y potencia en mi espíritu fue en la terraza del príncipe precisamente en el instante en que se me ocurrió hacer una última prueba de la vida, quería ver gente y árboles (admito que lo dije yo mismo), me acaloraba, insistía en el derecho de Burdowski, «mi prójimo» y soñaba con que de pronto me acogerían y me estrecharían entre sus brazos, me pedirían perdón por alguna cosa y yo se lo pediría a ellos; en una palabra, que acabé como un estúpido total. Fue precisamente en esas horas cuando brotó en mí la «última convicción». ¡Ahora no salgo de mi asombro al considerar cómo pude vivir seis meses enteros sin esa «convicción»! Sabía positivamente que estaba tísico y que mi tisis es incurable; no me engañaba a mi mismo y comprendía con toda claridad cuál era mi situación. Pero cuanto más claramente la comprendía, tanto más desesperadamente quería vivir; me aferraba a la vida y quería vivir costara lo que costara. Estoy de acuerdo en que entonces pude irritarme contra el oscuro y ciego destino que había decidido aplastarme como a una mosca, claro está sin saber por qué; mas, ¿por qué no me paré en esta irritación? ¿Por qué empezaba realmente a vivir sabiendo que ya no me era posible empezar, por qué lo intentaba sabiendo que era inútil intentarlo? Entretanto ni siquiera podía leer libros y dejé de leer: ¿Para qué leer, para qué aprender algo por seis meses? Esta idea me obligó más de una vez a abandonar un libro».
(…) «A veces me sentía mejor durante unas semanas y podía salir a la calle; pero finalmente la calle empezó a exasperarme de tal modo que me quedaba días enteros encerrado en mi habitación a pesar de que habría podido salir como los demás. No podía soportar a aquella gente ajetreada, agitada, eternamente preocupada, sombría e inquieta que iba y venía presurosa a mi lado por las aceras. ¿Para qué su constante tristeza, su constante alarma y agitación, su constante rencor sombría (porque son reoncorosos, rencorosos, rencorosos)? ¿Quién tiene la culpa de que sean unos desdichados y no sepan vivir teniendo por delante sesenta años de vida?»
– Fiódor Dostoyevski
Fragmento de El Idiota (1869) (en ruso: Идиот, Idiot). Traducción de Juan López-Morillas. Alianza Editorial (*).
A ver qué recibimiento me hacéis, atajo de deficientes mentales. R.P. McMurphy en la película «Alguien voló sobre el nido del cuco» (Milos Forman, 1975)
A veces me llevan con los Agudos y otras no. Un día me llevan con ellos a la biblioteca y me dirijo a la sección de libros técnicos y me quedo mirando los títulos de los manuales de electrónica, textos que conozco de cuando fui al Instituto; recuerdo que las páginas de los libros están llenas de diagramas, ecuaciones y teorías: cosas rígidas, infalibles, seguras.
Quiero mirar uno de esos libros, pero me da miedo hacerlo. Me asusta hacer cualquier cosa. Siento como si flotase a media altura en el polvoriento aire amarillo de la biblioteca. Las filas de libros se balancean sobre mi cabeza, enloquecidas, zigzagueantes, forman infinidad de ángulos distintos entre sí. Un estante se ladea un poco hacia la izquierda, el otro hacia la derecha. Uno se inclina sobre mi cabeza y no comprendo cómo no se caen los libros. Y en esta posición se extiende muy, muy arriba, hasta perderse de vista; por todas partes me rodean desvencijadas filas de libros apuntaladas con listones y tarugos para que no se caigan, sostenidas por largas varas, apoyadas contra escaleras. Si cogiese un libro, sabe Dios qué terrible desastre podría desencadenar.
*****
Algunas veces me había pasado hasta dos semanas deambulando aturdido después de un tratamiento de shock, sumergido en esa bruma borrosa, confusa, que tanto se parece al final deshilvanado del sueño, esa zona grisácea entre la luz y la oscuridad, o entre el dormir y el caminar o el vivir o el morir, cuando sabemos que ya no estamos inconscientes pero aún no logramos discernir qué día es ni quiénes somos ni de qué sirve volver a todo eso… dos semanas así. Si uno no tiene un motivo que le impulse a despertarse puede pasarse largo tiempo vagabundeando por esa zona gris, pero descubrí, que si de verdad se desea, es posible salir inmediatamente de ella con un esfuerzo. En esta ocasión luché y conseguí salir en menos de un día, menos que nunca.
Y cuando por fin se disipó la niebla en mi cabeza, me produjo la misma impresión que si acabara de emerger de una larga, profunda zambullida, como si hubiera rasgado la superficie del agua después de permanecer sumergido durante un siglo. Fue el último tratamiento que me aplicaron.
A McMurphy le aplicaron tres electroshocks más esa semana. En cuanto comenzaba a emerger de uno, en cuanto recuperaba su guiño, aparecía la señorita Ratched con el doctor y le preguntaban si estaba dispuesto a mostrarse sensato, enfrentarse con su problema y regresar a la galería para un tratamiento. Y él se hinchaba, consciente de que todos los rostros de la galería de Perturbados estaban pendientes de sus palabras, y esperaba, y le decía a la enfermera que lamentaba no tener más que una vida que ofrecer a su país y que ni besándole el culo conseguiría hacerle abandonar el maldito buque. ¡Noo!
*****
—Maldita sea, Harding, no me refería a eso. No estás loco en ese sentido. Quería decir… diablos, me ha sorprendido comprobar lo cuerdos que estáis todos. A mi entender, no estáis más locos que cualquiera de los necios que corren por las calles…
*****
—Decidme, por qué. Os peleáis, pasáis semanas enteras comentando cuán intolerable resulta todo esto, que no podéis soportar a la enfermera ni nada de lo que hace, ¡y no estáis internados! Lo comprendo en el caso de algunos tipos de la galería. Están locos. Pero vosotros, tal vez no seáis exactamente tipos corrientes, pero no estáis locos.
— Ken Kesey
De Alguien voló sobre el nido del cuco (One flew over the cuckoo’s nest, 1962). Traducción de Mireia Botill. Anagrama (*).
Y la muerte no tendrá dominio.
Los desnudos muertos serán uno
con el hombre en el viento y la luna del poniente;
cuando sus huesos sean descarnados y los descarnados huesos
se consuman,
en el codo y el pie tendrán estrellas;
aunque se vuelvan locos estarán cuerdos,
aunque se hundan en los mares se volverán a levantar;
aunque se pierdan los amantes, no se perderá el amor,
y la muerte no tendrá dominio.
Y la muerte no tendrá dominio.
Los que yacen hace tiempo en los recodos bajo el mar
no morirán ahí en vano;
retorcidos en los potros de tormento cuando cedan los tendones,
atados a una rueda de tortura, aun así no serán despedazados;
la fe en sus manos se partirá en dos
y los males los atravesarán como unicornios;
cuando todos los cabos estén rotos, ellos no se partirán;
y la muerte no tendrá dominio.
Y la muerte no tendrá dominio.
No pueden gritar más en sus oídos las gaviotas
ni romper ruidosas las olas en la playa;
donde surgió una flor, otra no podrá
alzar su cabeza a los golpes de la lluvia;
aunque estén locos y muertos como clavos,
sus cabezas se hundirán entre margaritas;
irrumpirán al sol hasta que el sol se hunda,
y la muerte no tendrá dominio.
*****
Original en ingles.
And death shall have no dominion.
Dead man naked they shall be one
With the man in the wind and the west moon;
When their bones are picked clean and the clean bones gone,
They shall have stars at elbow and foot;
Though they go mad they shall be sane,
Though they sink through the sea they shall rise again;
Though lovers be lost love shall not;
And death shall have no dominion.
And death shall have no dominion.
Under the windings of the sea
They lying long shall not die windily;
Twisting on racks when sinews give way,
Strapped to a wheel, yet they shall not break;
Faith in their hands shall snap in two,
And the unicorn evils run them through;
Split all ends up they shan’t crack;
And death shall have no dominion.
And death shall have no dominion.
No more may gulls cry at their ears
Or waves break loud on the seashores;
Where blew a flower may a flower no more
Lift its head to the blows of the rain;
Though they be mad and dead as nails,
Heads of the characters hammer through daisies;
Break in the sun till the sun breaks down,
And death shall have no dominion.
«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer».
*****
«Por la tarde, Marie vino a buscarme y me preguntó si quería casarme con ella. Le dije que me daba igual y que podíamos hacerlo si era su deseo. Me preguntó entonces si la quería. Contesté, como ya había hecho una vez, que nada significaba eso, pero que ciertamente no la quería. «¿Por qué te casarías entonces conmigo?», dijo ella. Le expliqué que la cosa no tenía importancia alguna, pero que si ella lo deseaba podíamos casarnos. Además, era ella la que lo preguntaba y yo me limitaba a responder que sí. Comentó ella que el matrimonio era una cosa seria. Respondí: «No». Se calló un momento y me miró en silencio. Después habló. Quería simplemente saber si yo habría aceptado la misma proposición de otra mujer, a la que hubiese estado unido de igual modo. Dije: «Naturalmente». Se preguntó entonces si ella me amaba a mí, pero yo nada podía decir sobre ese punto. Después de otro momento de silencio, musitó que yo era raro, que sin duda ella me quería por eso, pero que tal vez un día yo le repugnaría por las mismas razones. Como me callaba, porque nada tenía que añadir, me tomó del brazo sonriendo y declaró que quería casarse conmigo. Le dije que lo haríamos cuando quisiera».
— Albert Camus
De El extranjero (L’Étranger,1942). Alizanza Editorial, 1993. Traducción de José Ángel Valente. (*)
Luis Cernuda en su casa de la calle Viriato, Madrid, 1936. Residencia de Estudiantes
«Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permanente: la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos de mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.
Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. Como entonces me poseía el delirio del amor, no tuve una mirada siquiera para aquellos testimonios de la caducidad humana. Si había descubierto el secreto de la eternidad, si yo poseía la eternidad en mi espíritu, ¿qué me importaba lo demás? Mas apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo creía infundirle permanencia, huía de mis brazos dejándolos vacíos.
Después amé los animales, los árboles (he amado un chopo, he amado un álamo blanco), la tierra. Todo desaparecía, poniendo en mi soledad el sentimiento amargo de lo efímero. Yo solo parecía duradero entre la fuga de las cosas. Y entonces, fija y cruel, surgió en mí la idea de mi propia desaparición, de cómo también yo me partiría un día de mí.
¡Dios!, exclamé entonces: dame la eternidad. Dios era ya para mí el amor no conseguido en este mundo, el amor nunca roto, triunfante sobre la astucia bicorne del tiempo y de la muerte. Y amé a Dios como al amigo incomparable y perfecto.
Fue un sueño más, porque Dios no existe. Me lo dijo la hoja seca caída, que un pie deshace al pasar. Me lo dijo el pájaro muerto, inerte sobre la tierra el ala rota y podrida. Me lo dijo la conciencia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿cómo puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una sombra me arrastro entre el delirio de sombras, respirando estas palabras desalentadas, testimonio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi existencia».
— Luis Cernuda
De Ocnos (1942-1949-1963). Extraido de Poesia completa. Editorial Siruela, 1993 (*)
«¿Qué es un poeta? Una persona desdichada que oculta hondos sufrimientos en su corazón, pero cuyos labios son de tal naturaleza que si de ellos brotan sollozos y alaridos, suenan como una bella música. Le sucede como al desdichado que era torturado lentamente, a fuego lento en el toro de Falaris, y cuyos alaridos no llegaban hasta los oídos del tirano para horrorizarle, pues a éste le sonaban a dulce música. Y las personas se apiñan en torno al poeta y le dicen: vuelve a cantar, es decir, deja que los sufrimientos atormenten tu alma y que tus labios conserven su anterior forma; pues el alarido no haría sino angustiarnos, pero la música es deliciosa. Y los críticos intervienen diciendo: cierto es, así ha de ser según las reglas de la estética. Ahora bien, se entiende, un crítico se asemeja también a un poeta como una gota de agua a otra, con la salvedad de que aquél no tiene sufrimientos en el corazón ni música en los labios. Y por eso prefiero ser porquero en Amager y que me entiendan los cerdos, antes que ser poeta mal entendido por las personas».
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«Pero qué absurdas son las personas. Jamás usan las libertades que tienen, mas exigen las que no tienen; tienen libertad de pensamiento, exigen libertad de expresión».
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«Tengo valor para dudar de todo, eso creo; tengo valor para luchar contra todo, eso creo; pero no tengo valor para conocer; no tengo valor para poseer, para tener. Hay tantos que se quejan de que el mundo es tan prosaico que en la vida las cosas no son como en las novelas, donde las circunstancias parecen siempre de lo más favorables; yo me quejo de que en la vida no pasa como en una novela, en la que se dispone de padres de severo corazón, duendes y trols a los que combatir, princesas encantadas a las que liberar. Pero qué son todos esos enemigos juntos frente a las pálidas, exangües, longevas figuras nocturnas con las que combato y a las que yo mismo otorgo vida y existencia».
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«¿Qué ha de llegar? ¿Qué traerá el futuro? No lo sé, no presagio nada. Cuando una araña se arroja desde un punto fi jo hacia abajo, hacia sus consecuencias, siempre ve ante sí un espacio vacío en el que no puede hallar apoyo por mucho que se estire. Eso mismo me sucede a mí: por delante, siempre un espacio vacío; lo que me impulsa hacia delante es una consecuencia que se halla detrás de mí. Esta vida está trastornada, es horrible; no se puede aguantar».
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«En un teatro se declaró un incendio en los bastidores. Salió el payaso a dar la noticia al público. Pero éste, creyendo que se trataba de un chiste, aplaudió. Repitió el payaso la noticia y el público aplaudió más aún. Así pienso que perecerá el mundo, bajo el júbilo general de cabezas alegres que creerán que se trata de un chiste».
— Søren Kierkergaard
Fragmentos de Diapsálmatas, 1842. Hermida Editores, 2015. Traducción del danés: Enrique Bernárdez. (*)
«He aprendido que una vida no vale nada, pero también que nada vale una vida»
Aquel amor, frecuentemente crispado, que los unía como un niño enfermo; aquel sentido común de su vida y de su muerte; aquella correspondencia carnal entre ambos, nada de todo aquello existía frente a la fatalidad que decolora las formas de que están saturadas nuestras miradas. «¿La amaré menos de lo que creo?», pensó. No. Hasta en aquel momento estaba seguro de que, si ella muriese, él no serviría ya a su causa con esperanza, sino con desesperación, como un muerto. Nada, no obstante, prevalecía contra la decoloración de aquel rostro sepultado en el fondo de su vida común como en la bruma, como en la tierra. Se acordó de un amigo que había visto morir la inteligencia de la mujer que amaba, paralizada durante unos meses; le parecía ver morir a May así; ver desaparecer absurdamente, como una nube que se reabsorbe en el cielo gris, la forma de su felicidad. Como si hubiese muerto dos veces: por el efecto del tiempo y de lo que le decía.
(…)
«Pero yo, para mí, por la garganta, ¿qué soy? Una especie de afirmación absoluta, de afirmación de loco: una intensidad más grande que la de todo el resto. Para los demás, yo soy lo que he hecho»
(…)
«Los hombres no son mis semejantes; son los que me ven y me juzgan; mis semejantes son aquellos que me aman y no me miran; los que me aman contra todo; los que me aman contra la decadencia, contra la bajeza, contra la traición; a mí, y no lo que yo haya hecho o haga; quienes me amen tanto como yo me amo a mí mismo; hasta el suicidio, incluso… Sólo con ella tengo en común este amor, desgarrado o no, como otros, juntos, tienen hijos enfermos y que pueden morir…»
(…)
«No hay vida más que en Dios; porque el hombre, a causa del pecado, ha caído hasta tal punto; se ha manchado tan irremediablemente, que llegar hasta Dios es una especie de sacrilegio. De aquí el Cristo; de aquí su crucifixión eterna»
(…)
«Hay dos sonrisas (la de mi mujer y la de mi hija) que yo creería entonces que no volvería a ver, y me agradaría más la tristeza. El mundo es como los caracteres de nuestra escritura. Lo que el signo es a la flor, la flor misma, ésta —mostró una de las aguadas—, lo es a alguna cosa. Todo es signo. Ir del signo a la cosa significada es profundizar el mundo, es ir hacia Dios». Cree que la proximidad de la muerte… Espere…
Interrogó de nuevo a Kama, continuó su traducción:
—Sí; eso es. Cree que la proximidad de la muerte le permitiría, quizá, poner en todas las cosas bastante fervor, tristeza, para que todas las formas que pintara se convirtieran en signos comprensibles; para que lo que ellos significan (lo que ocultan también) se revelara.
— André Malraux (1901-1976)
Fragmentos de La condición humana, (La condition humaine, 1933). Edhasa. Trad. César A. Comet
Que Dios conserve mi cordura, pues es lo único que me queda. Seguridad y garantía de seguridad son cosas que pertenecen al pasado. Mientras viva aquí, solo puedo esperar una cosa: no volverme loco, si es que aún no lo estoy. Si todavía estoy cuerdo, resulta exasperante imaginar que de todas las abominaciones que acechan en este odioso lugar, el Conde es lo que menos me asusta. Solo él puede proporcionarme seguridad, aunque únicamente mientras sirva a sus propósitos. ¡Dios mío, ten misericordia de mí! Haz que conserve la calma, ya que si la perdiera no me quedaría sino la locura. Empiezan a aclararse ciertas cosas que me han desconcertado. Hasta ahora no había captado del todo qué quiso significar Shakespeare cuando le hizo decir a Hamlet:
¡Mis libretas! ¡Rápido, mis libretas! Es conveniente que lo anote…
porque ahora que me siento como si tuviera la mente desquiciada, o como si hubiera recibido una conmoción que pudiera acabar por arruinarla, vuelvo a mi diario en busca de sosiego. La costumbre de anotarlo todo minuciosamente creo que me ayudará a serenarme.
(…)
La vida es lo de menos: no me importa perderla. El fracasar en esta lucha no es solo una cuestión de vida o muerte. Implicaría que nos volveríamos como él; que en adelante nos convertiríamos en horribles criaturas de la noche como él, sin corazón ni conciencia, y nos alimentaríamos de los cuerpos y las almas de aquellos a quienes más amamos. Las puertas del cielo se nos cerrarían para siempre; porque, ¿quién nos las abriría de nuevo? Seríamos eternamente aborrecidos por todos; un borrón para el prestigio de Dios; una flecha en el costado de Aquel que murió para salvar a la humanidad. En estos momentos tenemos un deber que cumplir; ¿acaso podemos echarnos atrás? Por lo que a mí respecta, digo que no; aunque sea viejo y la vida, con sus alegrías, sus lugares hermosos, sus pájaros cantores, su música, y su amor quede ya lejos. Pero ustedes son jóvenes, y aunque alguno haya conocido ya las penas, todavía les esperan días felices. ¿Qué piensan ustedes?
— Bram Stoker
Drácula, 1897. Editorial: Reino de Cordelia, 2014. Traducción: Juan Antonio Molina Foix. Ilustrador: Fernando Vicente.
Expone el filósofo los preceptos para una vida tranquila. Señala las causas que mueven al hombre a hacer daño a otro. La más leve está en el desprecio que manifiesta al prójimo. Los deseos de los malvados los evitaremos si no poseemos nada que excite su codicia; la envidia, si no nos exponemos a sus miradas; el odio, si no lo provocamos. Una modesta fortuna y un carácter suave conseguirán que no inspiremos temor a los demás. También es muy provechoso hablar poco y reflexionar mucho. Y no debemos cometer injusticias para que no nos atormente la mala conciencia y el temor al castigo.
Lucio Anneo Séneca (4 a. C. – 65 d. C.).
Te indicaré las normas que debes observar para vivir más seguro. Pero te aconsejo que escuches estos preceptos como si te enseñase la forma de proteger tu salud en tus dominios junto a Árdea. Considera cuáles son los motivos que impulsan al hombre a causar daño a otro hombre: descubrirás que son la esperanza, la envidia, el odio, el temor, el desprecio.
De todos ellos el desprecio es hasta tal punto el más leve, que muchos se han refugiado en él con el fin de protegerse. Al que uno desprecia, ciertamente lo pisotea, pero luego pasa de largo; al hombre despreciado nadie lo daña con ensañamiento, nadie con empeño; incluso el soldado que yace en el campo de batalla es dejado de lado, se combate con el que está en pie.
Evitarás los deseos de los malvados si no tienes nada que excite la injusta codicia de los demás, si no posees nada llamativo: en verdad se ambicionan aun las cosas de poco valor, si son poco conocidas, si son raras. Rehuirás la envidia si no te expones a las miradas de los otros, si no haces ostentación de tus bienes, si aprendes a alegrarte en tu intimidad. El odio o es el resultado de una injuria (esto lo evitarás no provocando a nadie), o es injustificado, del cual te protegerá el sentido común. Tal odio resultó peligroso a muchos: algunos se han ganado el odio sin tener enemigo.
Una modesta fortuna y un carácter dulce lograrán que no infundas temor: los hombres deben saber que eres de tal condición que pueden herirte sin riesgo de represalias; que la reconciliación contigo sea fácil y segura. Ser temido es, en verdad, tan enojoso entre la familia, como fuera de ella, tanto por los siervos, como por los hombres libres: no existe ninguno que no tenga fuerza suficiente para hacer daño. Añade ahora que el que infunde temor teme a su vez: nadie ha podido ser temible sin inquietud.
Queda el desprecio, cuya medida la tiene a su disposición quien se lo ha procurado, quien es menospreciado porque ha querido, no porque lo ha merecido. Las incomodidades de éste las desvanecen las buenas costumbres y las amistades de aquellos que son influyentes ante algún poderoso, a los que conviene acercarse, pero no encadenarse para que el remedio no sea más costoso que el peligro.
Sin embargo, nada aprovechará tanto como estar tranquilo y hablar muy poco con los demás y muchísimo consigo mismo. Existe un cierto encanto en la conversación que se insinúa y halaga y, no de otra suerte que la embriaguez y el amor, descubre los secretos. Nadie silenciará lo que ha escuchado, nadie comunicará sólo cuanto ha escuchado. Quien no silencie el hecho, no silenciará al autor. Cada cual tiene alguien en quien confiar tanto cuanto a él se ha confiado; por más que modere su locuacidad y se contente con los oídos de uno solo, hará pública la noticia; así lo que poco ha era secreto, ahora es voz popular.
Una gran parte de nuestra seguridad radica en no cometer injusticia alguna: los prepotentes llevan una vida turbia y desordenada; temen en la misma medida en que hacen daño y no descansan en ningún momento. En verdad, tiemblan cuando han obrado el mal y andan perplejos. Su conciencia no les permite ocuparse, de otra cosa y en seguida les obliga a responder ante su juicio. El castigo lo expía quien lo espera y lo espera quien lo ha merecido.
Ciertos delitos dejan a uno tranquilo en medio del remordimiento, pero ninguno le deja seguro; en efecto, piensa que si aún no ha sido descubierto, puede serlo, y durante el sueño se agita y, cuantas veces habla del crimen de alguno, recuerda el suyo; no le parece bastante olvidado, ni bastante oculto. El culpable tiene a veces la suerte, mas nunca la certeza de mantenerse oculto.
— Lucio Anneo Séneca.
Cartas filosóficas (Epístolas morales a Lucilio), ca. 65 d. C. Traducción: Ismael Roca Meliá.