La cripta de mis amores – Horacio Quiroga.

horacioquiroga
“Escribo siempre que puedo, con náuseas al comenzar y satisfacción al concluir”.
La cripta de mis amores

hoja 1
Tengo en el fondo de mi cerebro / bajo la cripta de mis amores / una capilla donde celebro / la corta misa de mis dolores / ¡pobre capilla de mis amores!

Lloro en silencio; con ese llanto / en que tus lágrimas están conmigo / como mis penas en ese encanto / vuelvo al pasado en ese llanto / Toda esa dicha que fue contigo!

Y todo muerto, todo pasado / como aquel cielo de amor clemente / como ese cielo que se ha velado / y sólo vive de ese pasado / la luz de dicha que hubo en tu frente!

hoja  2
En las más dulces tardes de otoño / surgen las rosas de tu sonrisa / y las violetas de tu alto moño / como esa dulce tarde de otoño /
mi alma contigo se diviniza.

Graves, morían en tus pupilas nuestras fatigas.
En la callada sombra morían las tardes lilas y a la caricia de tus pupilas mi amor de nuevo se desvelaba.

Y cuando en torno de ese miraje que de ti tiene su último encanto emprendo el diario y oscuro viaje y mi alma vuelve de ese miraje, pura de haberte querido tanto.

hoja 3
Dejo en la cripta de mis amores triste santuario que será tu olvido todo el recuerdo de lo que ha sido la corta historia de mis dolores ¡pobre capilla de mis amores!

Fragmento de un manuscrito de Horacio Quiroga hallado en un sótano porteño en setiembre de 2009.

Fábula y rueda de tres amigos – Federico García Lorca.

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Recordamos al poeta granadino Federico García Lorca en el 80 aniversario de su asesinato en la madrugada del 18 de agosto de 1936.

Fábula y rueda de tres amigos

Enrique,
Emilio,
Lorenzo.

Estaban los tres helados:
Enrique por el mundo de las camas;
Emilio por el mundo de los ojos y las heridas de las manos,
Lorenzo por el mundo de las universidades sin tejados.

Lorenzo,
Emilio,
Enrique.

Estaban los tres quemados:
Lorenzo por el mundo de las hojas y las bolas de billar;
Emilio por el mundo de la sangre y los alfileres blancos,
Enrique por el mundo de los muertos y los periódicos abandonados.

Lorenzo,
Emilio,
Enrique.

Estaban los tres enterrados.
Lorenzo en un seno de Flora;
Emilio en la, yerta ginebra que se olvida en el vaso,
Enrique en la hormiga, en el mar y en los ojos vacíos de los pájaros.

Lorenzo,
Emilio,
Enrique.

Fueron los tres en mis manos
tres montañas chinas,
tres sombras de caballo,
tres paisajes de nieve y una cabaña de azucenas
por los palomares donde la luna se pone plana bajo el gallo.

Uno
y uno
y uno.

Estaban los tres momificados.
Con las moscas del invierno,
con los tinteros que orina el perro y desprecia el vilano,
con la brisa que hiela el corazón de todas las madres,
por los blancos derribos de Júpiter donde meriendan muerte los borrachos.

Tres
y dos
y uno.

Los vi perderse llorando y cantando
por un huevo de gallina,
por la noche que enseñaba su esqueleto de tabaco,
por mi dolor lleno de rostros y punzantes esquirlas de luna,
por mi alegría de ruedas dentadas y látigos,
por mi pecho turbado por las palomas,
por mi muerte desierta con un solo paseante equivocado.

Yo había matado la quinta luna
y bebían agua por las fuentes los abanicos y los aplausos.
Tibia leche encerrada de las recién paridas
agitaba las rosas con un largo dolor blanco.

Enrique,
Emilio,
Lorenzo.

Diana es dura,
pero a veces tiene los pechos nublados.
Puede la piedra blanca latir en la sangre del ciervo
y el ciervo puede soñar por los ojos de un caballo.

Cuando se hundieron las formas puras
bajo el cri cri de las margaritas,
comprendí que me habían asesinado.
Recorrieron los cafés y los cementerios y las iglesias,
abrieron los toneles y los armarios,
destrozaron tres esqueletos para arrancar sus dientes de oro.
Ya no me encontraron.
¿No me encontraron?
No. No me encontraron.
Pero se supo que la sexta luna huyó torrente arriba,
y que el mar recordó ¡de pronto!
los nombres de todos sus ahogados.

– Federico García Lorca

De “Poeta en Nueva York” (1929-1930). Recogido en  “Federico García Lorca – Poesía completa”. Ed. Galaxia Gutenberg  (2011).

Poema de los dones – Jorge Luis Borges.

Borges, poema de los dones
“He sospechado alguna vez que la única cosa sin misterio es la felicidad, porque se justifica por sí sola”.
Poema de los dones.

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

 Jorge Luis Borges.

Lágrimas que vierte un alma arrepentida – Pedro Calderón de la Barca.

Calderon de la Barca
Calderón de la Barca: “A quien le daña el saber, / homicida es de sí mismo!”
Lágrimas que vierte un alma arrepentida

Ahora, señor, ahora
que ya este humano edificio
en el polvo de su fin
se reduce a su principio;
ahora que descompuesto
este vital artificio
que un suspiro gobernó,
le va faltando un suspiro;
ahora que a mis alientos
está el número cumplido,
pues sin esperanza de otro,
respiro este que respiro;
ahora que rebelados
mis potencias y sentidos,
son, parciales de mi muerte,
mis mayores enemigos;
ahora que el corazón,
por alegar que él ha sido
quien quiso vivir primero,
morir el postrero quiso;
ahora que al desatarse
esta lazada que hizo
la naturaleza, el alma
está pendiente de un hilo;
ahora que al despedirse
del cuerpo donde ha vivido,
en vez de darle los brazos,
le lucha a brazos partidos;
ahora, en efecto, ahora
que ya el pecho helado y frío,
descompasado el aliento,
los miembros estremecidos,
el pulso desnivelado,
torpe la voz, yerto el brío,
en parasismos se emboza
el último parasismo,
es tiempo, Señor, es tiempo
de conocer los amigos,
pues el amigo mayor
se ve en la mayor peligro.
¡Oh dulce Jesús mío!
No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.
¡Oh, cuánto el nacer, oh cuánto
al morir es parecido,
pues si nacimos llorando,
llorando también morimos!
Un gemido la primera
salva fue que al mundo hicimos,
y el último vale que
le hacemos, es un gemido.

Entre cuna y ataúd
sola esta distancia ha habido
hacia la tierra o el cielo
arrojarnos o admitirnos.
¡Qué bien en sus confesiones
lo significó Agustino,
cuando a esta proposición
no le averiguó el sentido!
¿Vive el hombre o muere el hombre?

Pues que ninguno ha sabido
si vive o muere, porque
todo se hace de un camino.
¿Qué más ejemplo que yo,
a este letargo rendido,
pues vivo al tiempo que muero
y muero al tiempo que vivo?

Y si al fin para morir
no ha menester más deliquio
ni más crítico accidente
el hombre, que haber nacido,
¡oh felice yo, oh felice
que morir he merecido
en vuestra fe, conociendo
tantos mortales avisos!

Y aunque es preciso el morir,
con lo que os pago os obligo,
pues resignado en vos, hago
voluntario lo preciso. Y así, aunque vivir pudiera
mi vida estando a mi arbitrio,
hoy os hiciera en mi muerte
de mi vida sacrificio.
¡Oh dulce Jesús mío!

No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.
No justiciero cerréis
a mis voces los oídos,
sino misericordioso
atended al llanto mío.

Justicia y misericordia,
dos atributos son dignos,
que un y otro en vos están
igualados, no excedidos. Pues ¿por qué habéis de mostraros
riguroso y no benigno,
siendo rigor y piedad
en vos, Señor, uno mismo?

El castigo y el perdón
una costa os han tenido:
pues echad antes la mano
al perdón, que no al castigo.
¿Job no dijo que era el hombre
en pecado concebido?

¿Qué maravilla que amase
maldad que nació conmigo?
Mas ¡ay de mi! que también
David a este intento dijo
que siempre contra mí está
mi pecado por testigo.

Yo lo confieso, y confieso
que mis culpas y delitos
son infinitos, por ser
obrados y cometidos
contra un infinito Dios;
confieso que no he podido
satisfacer por mi solo
el número de mis vicios.

Pero por esto, Señor,
de la Iglesia en los archivos
también infinitos son
vuestros méritos divinos.

Ellos por mi satisfagan,
pues mi fiador habéis sido,
y en vuestros méritos pague
lo infinito a lo infinito.
¡Oh dulce Jesús mío!
No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.
¡Qué dignamente, qué bien
en vuestra piedad confío,
si cuando llego a rogaros
clavado en la cruz os miro!

No me diera confianza
el veros en el impíreo
glorioso más que en la cruz
veros humano y pasivo.

Que esa derramada sangre
que en arroyos fugitivos
tiñe en púrpura la nieve,
deshoja el jazmín el lirios,
a lavar mis culpas corre,
cuyo segundo bautismo
hará que esta piel manchada
venza el candor del armiño.

Y puesto que vos morís
para que yo viva, indigno
será, Señor, que un Dios muerto
no salve un pecador vivo. ¿Indigno dije? ¡Ah Señor!
No supe cómo decirlo,
al verlo en vos intentado
sin verlo en mi conseguido. Mas ¡ay de mi!, que vos siempre
salvarme habéis pretendido;
pero aunque sin mi me hicisteis,
me habéis de salvar conmigo. Salvadme en vuestra virtud;
que yo a vuestros pies resigno
este cuerpo sin acción
y este alma sin albedrío.

Y si es vuestra voluntad
condenarme a los abismos,
para que en mí se ejecute
este espíritu os envío.
Y padeciendo diré,
por los siglos de los siglos:
¡Quién siempre os hubiera amado!
¡Quién no os hubiera ofendido!
¡Oh dulce Jesús mío!
No entréis, Señor, con vuestro siervo en juicio.

Pedro Calderón de la Barca (*). Edición de Evangelina Rodríguez Cuadros (*)