Soy un pez.

Carlos Zanón.

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Detalle central de “La Visión de Tondal”, obra de un seguidor de “El Bosco” y conservada en el Museo Lázaro Galdiano.

Soy un pez, aunque quizás solo sea un ojo de ese pez. Un ojo sin párpados. Un pez sin aire en las branquias. Un ojo inmenso de pez. O una pecera inmensa en la que estoy con mi ojo de pez que no se cierra jamás. Las escamas me tiran y duelen y recuerdo aquella película de la sirena en una bañera y también cuando la bruja de mi madrastra escamaba los pescados para hacerlos al horno. A doscientos cuarenta grados o algo así. Pasa el tiempo y el olor a horno permanece ahí. Como todos los millones de judíos y gitanos que los nazis quemaron y transformaron en pastillas de jabón y humo saliendo por tubos grises. Eso lo vi el otro día en la tele. O aquella otra niña judía a quien traicionó un gato. Nunca más podré tener un gato. Los gatos arañan y odian a los peces, y yo solo soy un pez, un ojo muerto de pez. Porque soy un pez, aunque quizás solo un inmenso ojo de ese pez. Y los peces se ahogan fuera del agua. Tratan de romper los peces con su cola las embarcaciones, los cubos azules llenos de hielo, las manos que los atrapan. Pero es inútil: estás muerto, pez. Tu resistencia es tu agonía. Tu fuerza, la falta de aire. Y un ojo de pez o de buey como los de los barcos. Como el de aquel barco lleno de pasajeros que se hundió chocando contra una montaña de hielo. Y ¿dónde está Jesús ahora? ¿Dónde la Virgen María? ¿Dónde la piedad y las lluvias de azufre sobre los malvados ahora que no tengo apenas pestañas, que soy un odre recosido, como aquellos calcetines remendados sobre un huevo de madera? ¿Cuáles han sido mis pecados? Los sé yo, pero ¿han sido tantos y tan graves? Si no me ayudas, Jesús, si no quieres bajar aquí y saciar mi sed, enfriar mi frente con tus manos, sellarme la muerte con un beso es que no existes. La certeza de que siempre fuiste una mentira. Un pez clavado en una cruz rogando que Dios existiera y Dios no existió y no abrió los cielos y no te salvó. Y si el amor es una mentira, el odio es la verdad. Si la piedad no existe ha de existir la venganza. Y el carcelero ronda por ahí fuera. Puedo seguir con mi inmenso ojo de pez sus ruidos, sus pasos arrastrados. Abrirá la puerta y entrará con su sopa y la palangana con píldoras y ungüentos para aliviarme, para hacerme dormir, para hacerme creer que es bueno, que lo fue antes y no lo supe ver. Panes y peces, peces como yo. Ojos de pez como yo. Piel cuarteada como yo.

Un ojo inmenso que no puedo cerrar. Que lo ve todo. Por dentro y por fuera. Que rehúye los espejos para no mirarse.

Llega el carcelero.

Cucharadas de sopita de bondad mala.

Soy el capullo. También la mosca.

Y espero ser también la araña.

Soy un pez II

Si soy un pez es porque quizás solo sea un ojo de ese pez. Un ojo sin párpados. Un pez sin aire en las branquias. Un ojo inmenso de pez. O una pecera inmensa en la que estoy con mi ojo de pez que no se cierra jamás. Las escamas me tiran y duelen pero, al menos, dicen, puedo ver, hablar y comer. Tu lengua puede ser una de esas pesadas alfombras sobre la que las parejas hacen el amor frente al hogar, en las películas que dan por Navidad. Una alfombra pesada, llena de pelos, donde duermen bestias que en sueños, retiran las encías y afilan los colmillos contra ti. Contra tu cara, te muerden la boca, los ojos, el pecho. Monos como hombres salvajes. Pero acabas por despertar o por volver a introducirte en este túnel de calmantes y somníferos. Y uno piensa. No puede parar de hacerlo. Dios es justo. Dios es cruel. Dios no existe porque eres tú quien hace las cosas que ocasionan otras cosas. Eres tú quien decide coger ese camino, ese pasillo oscuro, el callejón tenebroso. Llamar a esa puerta o a aquella. Y la bruja te enseña la manzana dorada. Y si eres perezosa la lluvia será de alquitrán o caerás al pozo. Y las buenas modistillas cosen vestidos rojos para reinas y emperatrices y culos de silla con las caras de cerdos y vacas. Y los peces tenemos escamas. Y las serpientes también.

¿Qué día debe de ser hoy?

Soy culpable de todo y los culpables, todos los culpables, tienen su castigo y acaban por olvidar en qué día viven.

Entre morera, los gusanos soñaban con que llegaran las mariposas.

Lo recuerdo así, de cría.

Sobre las alfombras los hombres se colocan encima de las mujeres y descienden suaves por un tobogán. Eso sale en todas las películas. Las aman: no están casados ni las odian. Eso tampoco.

Pero quizás este cuento, también este, no sea así.

Tampoco el de los gusanos de seda.

Las mariposas llegaron para asesinar a los gusanos en cuanto estos se quedaron dormidos entre hojas de morera.

Ni se enteraron y ahora todos están muertos.

Carlos Zanón. Fragmento de Yo fui Johnny Thunders (RBA, 2014)

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