La verdad última y solemne de “El Idiota” de Dostoyevski.

Feodor Dostoyevsky
Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821-1881)

“La idea (siguió leyendo) de que no vale la pena vivir por pocas semanas empezó a apoderarse seriamente de mí hará cosa de un mes, según me parece, cuando todavía me quedaban cuatro semanas de vida, pero se adueñó de mí por completo sólo hace tres días, cuando regresé de aquella velada de Pávlovsk. El primer momento en que esa idea penetró con absoluta claridad y potencia en mi espíritu fue en la terraza del príncipe precisamente en el instante en que se me ocurrió hacer una última prueba de la vida, quería ver gente y árboles (admito que lo dije yo mismo), me acaloraba, insistía en el derecho de Burdowski, “mi prójimo” y soñaba con que de pronto me acogerían y me estrecharían entre sus brazos, me pedirían perdón por alguna cosa y yo se lo pediría a ellos; en una palabra, que acabé como un estúpido total. Fue precisamente en esas horas  cuando brotó en mí la “última convicción”. ¡Ahora no salgo de mi asombro al considerar cómo pude vivir seis meses enteros sin esa “convicción”! Sabía positivamente que estaba tísico y que mi tisis es incurable; no me engañaba a mi mismo y comprendía con toda claridad cuál era mi situación. Pero cuanto más claramente la comprendía, tanto más desesperadamente quería vivir; me aferraba a la vida y quería vivir costara lo que costara. Estoy de acuerdo en que entonces pude irritarme contra el oscuro y ciego destino que había decidido aplastarme como a una mosca, claro está sin saber por qué; mas, ¿por qué no me paré en esta irritación? ¿Por qué empezaba realmente a vivir sabiendo que ya no me era posible empezar, por qué lo intentaba sabiendo que era inútil intentarlo? Entretanto ni siquiera podía leer libros y dejé de leer: ¿Para qué leer, para qué aprender algo por seis meses? Esta idea me obligó más de una vez a abandonar un libro”.

(…) “A veces me sentía mejor durante unas semanas y podía salir a la calle; pero finalmente la calle empezó a exasperarme de tal modo que me quedaba días enteros encerrado en mi habitación a pesar de que habría podido salir como los demás. No podía soportar a aquella gente ajetreada, agitada, eternamente preocupada, sombría e inquieta que iba y venía presurosa a mi lado por las aceras. ¿Para qué su constante tristeza, su constante alarma y agitación, su constante rencor sombría (porque son reoncorosos, rencorosos, rencorosos)? ¿Quién tiene la culpa de que sean unos desdichados y no sepan vivir teniendo por delante sesenta años de vida?”

Fiódor Dostoyevski

Fragmento de El Idiota (1869) (en ruso: Идиот, Idiot). Traducción de Juan López-Morillas. Alianza Editorial (*).

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