Plan filosófico – Pío Baroja.

Pio Baroja
Pío Baroja (1872-1956)

Uno tiene la angustia, la desesperación de no saber qué hacer con la vida, de no tener un plan, de encontrarse perdido, sin brújula, sin luz a donde dirigirse. ¿Qué se hace con la vida? ¿Qué dirección se le da? Si la vida fuera tan fuerte que le arrastrara a uno, el pensar sería una maravilla, algo como para el caminante detenerse y sentarse a la sombra de un árbol, algo como penetrar en un oasis de paz; pero la vida es estúpida, sin emociones, sin accidentes, al menos aquí, y creo que en todas partes, y el pensamiento se llena de terrores como compensación a la esterilidad emocional de la existencia.

— Estás perdido —murmuró Iturrioz—. Ese intelectualismo no te puede llevar a nada bueno.

— Me llevará a saber, a conocer. ¿Hay placer más grande que éste? La antigua filosofía nos daba la magnífica fachada de un palacio; detrás de aquella magnificencia no había salas espléndidas, ni lugares de delicias, sino mazmorras oscuras. Ése es el mérito sobresaliente de Kant; él vio que todas las maravillas descritas por los filósofos eran fantasías, espejismos; vio que las galerías magníficas no llevaban a ninguna parte.

— ¡Vaya un mérito! —murmuró Iturrioz.

— Enorme. Kant prueba que son indemostrables los dos postulados más trascendentales de las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son indemostrables a pesar suyo.

— ¿Y qué?

— ¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya el universo no tiene comienzo en el tiempo ni límite en el espacio; todo está sometido al encadenamiento de causas y efectos; ya no hay causa primera; la idea de causa primera, como ha dicho Schopenhauer, es la idea de un trozo de madera hecho de hierro.

— A mí esto no me asombra.

— A mí sí. Me parece lo mismo que si viéramos un gigante que marchara al parecer con un fin y alguien descubriera que no tenía ojos. Después de Kant el mundo es ciego; ya no puede haber ni libertad ni justicia, sino fuerzas que obran por un principio de causalidad en los dominios del espacio y del tiempo. Y esto tan grave no es todo; hay además otra cosa que se desprende por primera vez claramente de la filosofía de Kant, y es que el mundo no tiene realidad; es que ese espacio y ese tiempo y ese principio de causalidad no existen fuera de nosotros tal como nosotros los vemos, que pueden ser distintos, que pueden no existir…

— Bah. Eso es absurdo —murmuró Iturrioz—. Ingenioso si se quiere, pero nada más.

— No; no sólo no es absurdo, sino que es práctico. Antes para mí era una gran pena considerar el infinito del espacio; creer el mundo inacabable me producía una gran impresión; pensar que al día siguiente de mi muerte el espacio y el tiempo seguirían existiendo me entristecía, y eso que consideraba que mi vida no es una cosa envidiable; pero cuando llegué a comprender que la idea del espacio y del tiempo son necesidades de nuestro espíritu, pero que no tienen realidad; cuando me convencí por Kant que el espacio y el tiempo no significan nada, por lo menos que la idea que tenemos de ellos puede no existir fuera de nosotros, me tranquilicé. Para mí es un consuelo pensar que así como nuestra retina produce los colores, nuestro cerebro produce las ideas de tiempo, de espacio y de causalidad. Acabado nuestro cerebro, se acabó el mundo. Ya no sigue el tiempo, ya no sigue el espacio, ya no hay encadenamiento de causas. Se acabó la comedia, pero definitivamente. Podemos suponer que un tiempo y un espacio sigan para los demás. ¿Pero eso qué importa si no es el nuestro, que es el único real?

— Bah, ¡Fantasías! ¡Fantasías! —dijo Iturrioz.

— Pío Baroja

El árbol de la ciencia, 1911. Cátedra. Letras Hispánicas (*)

La verdad última y solemne de «El Idiota» de Dostoyevski.

Feodor Dostoyevsky
Fiódor Mijáilovich Dostoyevski (1821-1881)

«La idea (siguió leyendo) de que no vale la pena vivir por pocas semanas empezó a apoderarse seriamente de mí hará cosa de un mes, según me parece, cuando todavía me quedaban cuatro semanas de vida, pero se adueñó de mí por completo sólo hace tres días, cuando regresé de aquella velada de Pávlovsk. El primer momento en que esa idea penetró con absoluta claridad y potencia en mi espíritu fue en la terraza del príncipe precisamente en el instante en que se me ocurrió hacer una última prueba de la vida, quería ver gente y árboles (admito que lo dije yo mismo), me acaloraba, insistía en el derecho de Burdowski, «mi prójimo» y soñaba con que de pronto me acogerían y me estrecharían entre sus brazos, me pedirían perdón por alguna cosa y yo se lo pediría a ellos; en una palabra, que acabé como un estúpido total. Fue precisamente en esas horas  cuando brotó en mí la «última convicción». ¡Ahora no salgo de mi asombro al considerar cómo pude vivir seis meses enteros sin esa «convicción»! Sabía positivamente que estaba tísico y que mi tisis es incurable; no me engañaba a mi mismo y comprendía con toda claridad cuál era mi situación. Pero cuanto más claramente la comprendía, tanto más desesperadamente quería vivir; me aferraba a la vida y quería vivir costara lo que costara. Estoy de acuerdo en que entonces pude irritarme contra el oscuro y ciego destino que había decidido aplastarme como a una mosca, claro está sin saber por qué; mas, ¿por qué no me paré en esta irritación? ¿Por qué empezaba realmente a vivir sabiendo que ya no me era posible empezar, por qué lo intentaba sabiendo que era inútil intentarlo? Entretanto ni siquiera podía leer libros y dejé de leer: ¿Para qué leer, para qué aprender algo por seis meses? Esta idea me obligó más de una vez a abandonar un libro».

(…) «A veces me sentía mejor durante unas semanas y podía salir a la calle; pero finalmente la calle empezó a exasperarme de tal modo que me quedaba días enteros encerrado en mi habitación a pesar de que habría podido salir como los demás. No podía soportar a aquella gente ajetreada, agitada, eternamente preocupada, sombría e inquieta que iba y venía presurosa a mi lado por las aceras. ¿Para qué su constante tristeza, su constante alarma y agitación, su constante rencor sombría (porque son reoncorosos, rencorosos, rencorosos)? ¿Quién tiene la culpa de que sean unos desdichados y no sepan vivir teniendo por delante sesenta años de vida?»

Fiódor Dostoyevski

Fragmento de El Idiota (1869) (en ruso: Идиот, Idiot). Traducción de Juan López-Morillas. Alianza Editorial (*).

¡No estáis locos! – Ken Kesey.

Alguien volo
A ver qué recibimiento me hacéis, atajo de deficientes mentales. R.P. McMurphy en la película «Alguien voló sobre el nido del cuco» (Milos Forman, 1975)

A veces me llevan con los Agudos y otras no. Un día me llevan con ellos a la biblioteca y me dirijo a la sección de libros técnicos y me quedo mirando los títulos de los manuales de electrónica, textos que conozco de cuando fui al Instituto; recuerdo que las páginas de los libros están llenas de diagramas, ecuaciones y teorías: cosas rígidas, infalibles, seguras.

Quiero mirar uno de esos libros, pero me da miedo hacerlo. Me asusta hacer cualquier cosa. Siento como si flotase a media altura en el polvoriento aire amarillo de la biblioteca. Las filas de libros se balancean sobre mi cabeza, enloquecidas, zigzagueantes, forman infinidad de ángulos distintos entre sí. Un estante se ladea un poco hacia la izquierda, el otro hacia la derecha. Uno se inclina sobre mi cabeza y no comprendo cómo no se caen los libros. Y en esta posición se extiende muy, muy arriba, hasta perderse de vista; por todas partes me rodean desvencijadas filas de libros apuntaladas con listones y tarugos para que no se caigan, sostenidas por largas varas, apoyadas contra escaleras. Si cogiese un libro, sabe Dios qué terrible desastre podría desencadenar.

*****

Algunas veces me había pasado hasta dos semanas deambulando aturdido después de un tratamiento de shock, sumergido en esa bruma borrosa, confusa, que tanto se parece al final deshilvanado del sueño, esa zona grisácea entre la luz y la oscuridad, o entre el dormir y el caminar o el vivir o el morir, cuando sabemos que ya no estamos inconscientes pero aún no logramos discernir qué día es ni quiénes somos ni de qué sirve volver a todo eso… dos semanas así. Si uno no tiene un motivo que le impulse a despertarse puede pasarse largo tiempo vagabundeando por esa zona gris, pero descubrí, que si de verdad se desea, es posible salir inmediatamente de ella con un esfuerzo. En esta ocasión luché y conseguí salir en menos de un día, menos que nunca.

Y cuando por fin se disipó la niebla en mi cabeza, me produjo la misma impresión que si acabara de emerger de una larga, profunda zambullida, como si hubiera rasgado la superficie del agua después de permanecer sumergido durante un siglo. Fue el último tratamiento que me aplicaron.

A McMurphy le aplicaron tres electroshocks más esa semana. En cuanto comenzaba a emerger de uno, en cuanto recuperaba su guiño, aparecía la señorita Ratched con el doctor y le preguntaban si estaba dispuesto a mostrarse sensato, enfrentarse con su problema y regresar a la galería para un tratamiento. Y él se hinchaba, consciente de que todos los rostros de la galería de Perturbados estaban pendientes de sus palabras, y esperaba, y le decía a la enfermera que lamentaba no tener más que una vida que ofrecer a su país y que ni besándole el culo conseguiría hacerle abandonar el maldito buque. ¡Noo!

*****

—Maldita sea, Harding, no me refería a eso. No estás loco en ese sentido. Quería decir… diablos, me ha sorprendido comprobar lo cuerdos que estáis todos. A mi entender, no estáis más locos que cualquiera de los necios que corren por las calles…

*****

—Decidme, por qué. Os peleáis, pasáis semanas enteras comentando cuán intolerable resulta todo esto, que no podéis soportar a la enfermera ni nada de lo que hace, ¡y no estáis internados! Lo comprendo en el caso de algunos tipos de la galería. Están locos. Pero vosotros, tal vez no seáis exactamente tipos corrientes, pero no estáis locos.

— Ken Kesey

De Alguien voló sobre el nido del cuco (One flew over the cuckoo’s nest, 1962). Traducción de Mireia Botill. Anagrama (*).

El extranjero – Albert Camus.

Albert Camus

«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer».

*****

«Por la tarde, Marie vino a buscarme y me preguntó si quería casarme con ella. Le dije que me daba igual y que podíamos hacerlo si era su deseo. Me preguntó entonces si la quería. Contesté, como ya había hecho una vez, que nada significaba eso, pero que ciertamente no la quería. «¿Por qué te casarías entonces conmigo?», dijo ella. Le expliqué que la cosa no tenía importancia alguna, pero que si ella lo deseaba podíamos casarnos. Además, era ella la que lo preguntaba y yo me limitaba a responder que sí. Comentó ella que el matrimonio era una cosa seria. Respondí: «No». Se calló un momento y me miró en silencio. Después habló. Quería simplemente saber si yo habría aceptado la misma proposición de otra mujer, a la que hubiese estado unido de igual modo. Dije: «Naturalmente». Se preguntó entonces si ella me amaba a mí, pero yo nada podía decir sobre ese punto. Después de otro momento de silencio, musitó que yo era raro, que sin duda ella me quería por eso, pero que tal vez un día yo le repugnaría por las mismas razones. Como me callaba, porque nada tenía que añadir, me tomó del brazo sonriendo y declaró que quería casarse conmigo. Le dije que lo haríamos cuando quisiera».

— Albert Camus

De El extranjero (L’Étranger, 1942). Alizanza Editorial, 1993. Traducción de José Ángel Valente. (*)

El incendio alegre – Søren Kierkergaard.

kierkegaard
Søren Kierkegaard (1813-1855)

«¿Qué es un poeta? Una persona desdichada que oculta hondos sufrimientos en su corazón, pero cuyos labios son de tal naturaleza que si de ellos brotan sollozos y alaridos, suenan como una bella música. Le sucede como al desdichado que era torturado lentamente, a fuego lento en el toro de Falaris, y cuyos alaridos no llegaban hasta los oídos del tirano para horrorizarle, pues a éste le sonaban a dulce música. Y las personas se apiñan en torno al poeta y le dicen: vuelve a cantar, es decir, deja que los sufrimientos atormenten tu alma y que tus labios conserven su anterior forma; pues el alarido no haría sino angustiarnos, pero la música es deliciosa. Y los críticos intervienen diciendo: cierto es, así ha de ser según las reglas de la estética. Ahora bien, se entiende, un crítico se asemeja también a un poeta como una gota de agua a otra, con la salvedad de que aquél no tiene sufrimientos en el corazón ni música en los labios. Y por eso prefiero ser porquero en Amager y que me entiendan los cerdos, antes que ser poeta mal entendido por las personas».

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«Pero qué absurdas son las personas. Jamás usan las libertades que tienen, mas exigen las que no tienen; tienen libertad de pensamiento, exigen libertad de expresión».

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«Tengo valor para dudar de todo, eso creo; tengo valor para luchar contra todo, eso creo; pero no tengo valor para conocer; no tengo valor para poseer, para tener. Hay tantos que se quejan de que el mundo es tan prosaico que en la vida las cosas no son como en las novelas, donde las circunstancias parecen siempre de lo más favorables; yo me quejo de que en la vida no pasa como en una novela, en la que se dispone de padres de severo corazón, duendes y trols a los que combatir, princesas encantadas a las que liberar. Pero qué son todos esos enemigos juntos frente a las pálidas, exangües, longevas figuras nocturnas con las que combato y a las que yo mismo otorgo vida y existencia».

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«¿Qué ha de llegar? ¿Qué traerá el futuro? No lo sé, no presagio nada. Cuando una araña se arroja desde un punto fi jo hacia abajo, hacia sus consecuencias, siempre ve ante sí un espacio vacío en el que no puede hallar apoyo por mucho que se estire. Eso mismo me sucede a mí: por delante, siempre un espacio vacío; lo que me impulsa hacia delante es una consecuencia que se halla detrás de mí. Esta vida está trastornada, es horrible; no se puede aguantar».

*****

«En un teatro se declaró un incendio en los bastidores. Salió el payaso a dar la noticia al público. Pero éste, creyendo que se trataba de un chiste, aplaudió. Repitió el payaso la noticia y el público aplaudió más aún. Así pienso que perecerá el mundo, bajo el júbilo general de cabezas alegres que creerán que se trata de un chiste».

— Søren Kierkergaard

Fragmentos de Diapsálmatas, 1842. Hermida Editores, 2015. Traducción del danés: Enrique Bernárdez. (*)

La condición humana – André Malraux.

André Malraux

«He aprendido que una vida no vale nada, pero también que nada vale una vida»

Aquel amor, frecuentemente crispado, que los unía como un niño enfermo; aquel sentido común de su vida y de su muerte; aquella correspondencia carnal entre ambos, nada de todo aquello existía frente a la fatalidad que decolora las formas de que están saturadas nuestras miradas. «¿La amaré menos de lo que creo?», pensó. No. Hasta en aquel momento estaba seguro de que, si ella muriese, él no serviría ya a su causa con esperanza, sino con desesperación, como un muerto. Nada, no obstante, prevalecía contra la decoloración de aquel rostro sepultado en el fondo de su vida común como en la bruma, como en la tierra. Se acordó de un amigo que había visto morir la inteligencia de la mujer que amaba, paralizada durante unos meses; le parecía ver morir a May así; ver desaparecer absurdamente, como una nube que se reabsorbe en el cielo gris, la forma de su felicidad. Como si hubiese muerto dos veces: por el efecto del tiempo y de lo que le decía.

(…)

«Pero yo, para mí, por la garganta, ¿qué soy? Una especie de afirmación absoluta, de afirmación de loco: una intensidad más grande que la de todo el resto. Para los demás, yo soy lo que he hecho»

(…)

«Los hombres no son mis semejantes; son los que me ven y me juzgan; mis semejantes son aquellos que me aman y no me miran; los que me aman contra todo; los que me aman contra la decadencia, contra la bajeza, contra la traición; a mí, y no lo que yo haya hecho o haga; quienes me amen tanto como yo me amo a mí mismo; hasta el suicidio, incluso… Sólo con ella tengo en común este amor, desgarrado o no, como otros, juntos, tienen hijos enfermos y que pueden morir…»

(…)

«No hay vida más que en Dios; porque el hombre, a causa del pecado, ha caído hasta tal punto; se ha manchado tan irremediablemente, que llegar hasta Dios es una especie de sacrilegio. De aquí el Cristo; de aquí su crucifixión eterna»

(…)

«Hay dos sonrisas (la de mi mujer y la de mi hija) que yo creería entonces que no volvería a ver, y me agradaría más la tristeza. El mundo es como los caracteres de nuestra escritura. Lo que el signo es a la flor, la flor misma, ésta —mostró una de las aguadas—, lo es a alguna cosa. Todo es signo. Ir del signo a la cosa significada es profundizar el mundo, es ir hacia Dios». Cree que la proximidad de la muerte… Espere…

Interrogó de nuevo a Kama, continuó su traducción:

—Sí; eso es. Cree que la proximidad de la muerte le permitiría, quizá, poner en todas las cosas bastante fervor, tristeza, para que todas las formas que pintara se convirtieran en signos comprensibles; para que lo que ellos significan (lo que ocultan también) se revelara.

— André Malraux (1901-1976)

Fragmentos de La condición humana, (La condition humaine, 1933).  Edhasa. Trad. César A. Comet

Vlad Draculea.

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Ilustración: Fernando Vicente.

Que Dios conserve mi cordura, pues es lo único que me queda. Seguridad y garantía de seguridad son cosas que pertenecen al pasado. Mientras viva aquí, solo puedo esperar una cosa: no volverme loco, si es que aún no lo estoy. Si todavía estoy cuerdo, resulta exasperante imaginar que de todas las abominaciones que acechan en este odioso lugar, el Conde es lo que menos me asusta. Solo él puede proporcionarme seguridad, aunque únicamente mientras sirva a sus propósitos. ¡Dios mío, ten misericordia de mí! Haz que conserve la calma, ya que si la perdiera no me quedaría sino la locura. Empiezan a aclararse ciertas cosas que me han desconcertado. Hasta ahora no había captado del todo qué quiso significar Shakespeare cuando le hizo decir a Hamlet:

¡Mis libretas! ¡Rápido, mis libretas!
Es conveniente que lo anote…

porque ahora que me siento como si tuviera la mente desquiciada, o como si hubiera recibido una conmoción que pudiera acabar por arruinarla, vuelvo a mi diario en busca de sosiego. La costumbre de anotarlo todo minuciosamente creo que me ayudará a serenarme.

(…)

La vida es lo de menos: no me importa perderla. El fracasar en esta lucha no es solo una cuestión de vida o muerte. Implicaría que nos volveríamos como él; que en adelante nos convertiríamos en horribles criaturas de la noche como él, sin corazón ni conciencia, y nos alimentaríamos de los cuerpos y las almas de aquellos a quienes más amamos. Las puertas del cielo se nos cerrarían para siempre; porque, ¿quién nos las abriría de nuevo? Seríamos eternamente aborrecidos por todos; un borrón para el prestigio de Dios; una flecha en el costado de Aquel que murió para salvar a la humanidad. En estos momentos tenemos un deber que cumplir; ¿acaso podemos echarnos atrás? Por lo que a mí respecta, digo que no; aunque sea viejo y la vida, con sus alegrías, sus lugares hermosos, sus pájaros cantores, su música, y su amor quede ya lejos. Pero ustedes son jóvenes, y aunque alguno haya conocido ya las penas, todavía les esperan días felices. ¿Qué piensan ustedes?

— Bram Stoker

Drácula, 1897.  Editorial: Reino de Cordelia, 2014. Traducción: Juan Antonio Molina Foix. Ilustrador: Fernando Vicente.

Roberto Bolaño: «Un día la Obra muere».

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Roberto Bolaño Ávalos (1953-2003), escritor y poeta chileno.

Durante un tiempo la crítica acompaña a la Obra, luego la crítica se desvanece y son los Lectores quienes la acompañan. El viaje puede ser largo o corto. Luego los lectores mueren uno por uno y la Obra sigue sola, aunque otra Crítica y otros Lectores poco a poco vayan acompasándose a su singladura. Luego la crítica muere otra vez y los Lectores mueren otra vez y sobre esa huella de huesos sigue la Obra su viaje hacia la soledad. Acercarse a ella, navegar a su estela es señal inequívoca de muerte segura, pero otra Crítica y otros Lectores se le acercan incansables e implacables y el tiempo y la velocidad los devoran. Finalmente la obra viaja irremediablemente sola en la Inmensidad. Y un día la Obra muere, como mueren todas las cosas, como se extinguirá el Sol y la Tierra, el Sistema Solar y la Galaxia y la más recóndita memoria de los hombres. Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia.

(…)

Pero la poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito.

[…] un poeta se pierde en una ciudad al borde del colapso, el poeta no tiene dinero, ni amigos, ni nadie a quien acudir. Además, naturalmente, no tiene intención ni ganas de acudir a nadie. Durante varios días vaga por la ciudad o por el país, sin comer o comiendo desperdicios. Ya ni siquiera escribe. O escribe con la mente, es decir delira. Todo hace indicar que su muerte es inminente. Su desaparición, radical, la prefigura. Y sin embargo, dicho poeta no muere. ¿Cómo se salva? […] la verdad es que ya no me acuerdo, pero pierda cuidado, el poeta no muere, se hunde, pero no muere.

(…)

Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Ésta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una literatura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Arturo Belano. Grave error, como se verá a continuación (…) les dije, les advertí, los puse en guardia contra los peligros a que se enfrentaban Igual que hablarle a una piedra. Otrosí: los lectores desesperados son como las minas de oro de California. ¡Más temprano que tarde se acaban! ¿Por qué? ¡Resulta Evidente! No se puede vivir desesperado toda una vida, el cuerpo termina doblegándose, el dolor termina haciéndose insoportable, la lucidez se escapa en grandes chorros fríos. El lector desesperado (más aún el lector de poesía desesperado, ése es insoportable, créanme) acaba por desentenderse de los libros, acaba ineluctablemente convirtiendose en desesperado a secas. ¡O se cura! (…)

— Roberto Bolaño, de Los detectives salvajes, 1998 (Anagrama)

Desde Algún día en alguna parte: Roberto Bolaño

Don Quijote cuerdo.

«El único momento en que Sancho Panza no dudó de la cordura de don Quijote fue cuando lo nombraron (a él, a Sancho) gobernador de la ínsula Barataria».

— Marco Denevi

Hay que ser realmente idiota para…

Hace años que me doy cuenta y no me importa, pero nunca se me ocurrió escribirlo porque la idiotez me parece un tema muy desagradable, especialmente si es el idiota quien lo expone.

Puede que la palabra idiota sea demasiado rotunda, pero prefiero ponerla de entrada y calentita sobre el plato aunque los amigos la crean exagerada, en vez de emplear cualquier otra como tonto, lelo o retardado y que después los mismos amigos opinen que uno se ha quedado corto. En realidad no pasa nada grave pero ser idiota lo pone a uno completamente aparte, y aunque tiene sus cosas buenas es evidente que de a ratos hay como una nostalgia, un deseo de cruzar a la vereda de enfrente donde amigos y parientes están reunidos en una misma inteligencia y comprensión, y frotarse un poco contra ellos para sentir que no hay diferencia apreciable y que todo va benissimo. Lo triste es que todo va malissimo cuando uno es idiota, por ejemplo en el teatro, yo voy al teatro con mi mujer y algún amigo, hay un espectáculo de mimos checos o de bailarines tailandeses y es seguro que apenas empiece la función voy a encontrar que todo es una maravilla. Me divierto o me conmuevo enormemente, los diálogos o los gestos o las danzas me llegan como visiones sobrenaturales, aplaudo hasta romperme las manos y a veces me lloran los ojos o me río hasta el borde del pis, y en todo caso me alegro de vivir y de haber tenido la suerte de ir esa noche al teatro o al cine o a una exposición de cuadros, a cualquier sitio donde gentes extraordinarias están haciendo o mostrando cosas que jamás se habían imaginado antes, inventando un lugar de revelación y de encuentro, algo que lava de los momentos en que no ocurre nada más que lo que ocurre todo el tiempo.

Y así estoy deslumbrado y tan contento que cuando llega el intervalo me levanto entusiasmado y sigo aplaudiendo a los actores, y le digo a mi mujer que los mimos checos son una maravilla y que la escena en que el pescador echa el anzuelo y se ve avanzar un pez fosforecente a media altura es absolutamente inaudita. Mi mujer también se ha divertido y ha aplaudido, pero de pronto me doy cuenta (ese instante tiene algo de herida, de agujero ronco y húmedo) que su diversión y sus aplausos no han sido como los míos, y además casi siempre hay con nosotros algún amigo que también se ha divertido y ha aplaudido pero nunca como yo, y también me doy cuenta de que está diciendo con suma sensatez e inteligencia que el espectáculo es bonito y que los actores no son malos, pero que desde luego no hay gran originalidad en las ideas, sin contar que los colores de los trajes son mediocres y la puesta en escena bastante adocenada y cosas y cosas.

Cuando mi mujer o mi amigo dicen eso –lo dicen amablemente, sin ninguna agresividad– yo comprendo que soy idiota, pero lo malo es que uno se ha olvidado cada vez que lo maravilla algo que pasa, de modo que la caída repentina en la idiotez le llega como al corcho que se ha pasado años en el sótano acompañando al vino de la botella y de golpe plop y un tirón y no es mas que corcho. Me gustaría defender a los mimos checos o a los bailarines tailandeses, porque me han parecido admirables y he sido tan feliz con ellos que las palabras inteligentes y sensatas de mis amigos o de mi mujer me duelen como por debajo de las uñas, y eso que comprendo perfectamente cuánta razón tienen y cómo el espectáculo no ha de ser tan bueno como a mí me parecía (pero en realidad a mí no me parecía que fuese bueno ni malo ni nada, sencillamente estaba transportado por lo que ocurría como idiota que soy, y me bastaba para salirme y andar por ahí donde me gusta andar cada vez que puedo, y puedo tan poco).

Y jamás se me ocurriría discutir con mi mujer o con mis amigos porque sé que tienen razón y que en realidad han hecho muy bien en no dejarse ganar por el entusiasmo, puesto que los placeres de la inteligencia y la sensibilidad deben nacer de un juicio ponderado y sobre todo de una actitud comparativa, basarse como dijo Epicteto en lo que ya se conoce para juzgar lo que se acaba de conocer, pues eso y no otra cosa es la cultura y la sofrosine. De ninguna manera pretendo discutir con ellos y a lo sumo me limito a alejarme unos metros para no escuchar el resto de las comparaciones y los juicios, mientras trato de retener todavía las últimas imágenes del pez fosforescente que flotaba en mitad del escenario, aunque ahora mi recuerdo se ve inevitablemente modificado por las críticas inteligentísimas que acabo de escuchar y no me queda más remedio que admitir la mediocridad de lo que he visto y que sólo me ha entusiasmado porque acepto cualquier cosa que tenga colores y formas un poco diferentes. Recaigo en la conciencia de que soy idiota, de que cualquier cosa basta para alegrarme de la cuadriculada vida, y entonces el recuerdo de lo que he amado y gozado esa noche se enturbia y se vuelve cómplice, la obra de otros idiotas que han estado pescando o bailando mal, con trajes y coreografías mediocres, y casi es un consuelo pero un consuelo siniestro el que seamos tantos los idiotas que esa noche se han dado cita en esa sala para bailar y pescar y aplaudir. Lo peor es que a los dos días abro el diario y leo la crítica del espectáculo, y la crítica coincide casi siempre y hasta con las mismas palabras con o que tan sensata e inteligentemente han visto y dicho mi mujer o mis amigos. Ahora estoy seguro de que no ser idiota es una de las cosas más importantes para la vida de un hombre, hasta que poco a poco me vaya olvidando, porque lo peor es que al final me olvido, por ejemplo acabo de ver un pato que nadaba en uno de los lagos del Bois de Boulogne, y era de una hermosura tan maravillosa que no pude menos que ponerme en cuclillas junto al lago y quedarme no sé cuánto tiempo mirando su hermosura, la alegría petulante de sus ojos, esa doble línea delicada que corta su pecho en el agua del lago y que se va abriendo hasta perderse en la distancia. Mi entusiasmo no nace solamente del pato, es algo que el pato cuaja de golpe, porque a veces puede ser una hoja seca que se balancea en el borde de un banco, o una grúa anaranjada, enormísima y delicada contra el cielo azul de la tarde, o el olor de un vagón de tren cuando uno entra y se tiene un billete para un viaje de tantas horas y todo va a ir sucediendo prodigiosamente, el sándwich de jamón, los botones para encender o apagar la luz (una blanca y otra violeta), la ventilación regulable, todo eso me parece tan hermoso y casi tan imposible que tenerlo ahí a mi alcance me llena de una especie de sauce interior, de una verde lluvia de delicia que no debería terminar más. Pero muchos me han dicho que mi entusiasmo es una prueba de inmadurez (quieren decir que soy idiota, pero eligen las palabras) y que no es posible entusiasmarse así por una tela de araña que brilla al sol, puesto que si uno incurre en semejantes excesos por una tela de araña llena de rocío, ¿qué va a dejar para la noche en que den King Lear? A mí eso me sorprende un poco, porque en realidad el entusiasmo no es una cosa que se gaste cuando uno es realmente idiota, se gasta cuando uno es inteligente y tiene sentido de los valores y de la historicidad de las cosas, y por eso aunque yo corra de un lado a otro del Bois de Boulogne para ver mejor el pato, eso no me impedirá esa misma noche dar enormes saltos de entusiasmo si me gusta como canta Fischer Dieskau. Ahora que lo pienso la idiotez debe ser eso: poder entusiasmarse todo el tiempo por cualquier cosa que a uno le guste, sin que un dibujito en una pared tenga que verse menoscabado por el recuerdo de los frescos de Giotto en Padua.

La idiotez debe ser una especie de presencia y recomienzo constante: ahora me gusta esta piedrita amarilla, ahora me gusta «L’année dernière à Marienbad», ahora me gustas tú, ratita, ahora me gusta esa increíble locomotora bufando en la Gare de Lyon, ahora me gusta ese cartel arrancado y sucio.

Ahora me gusta, me gusta tanto, ahora soy yo, reincidentemente yo, el idiota perfecto en su idiotez que no sabe que es idiota y goza perdido en su goce, hasta que la primera frase inteligente lo devuelva a la conciencia de su idiotez y lo haga buscar presuroso un cigarrillo con manos torpes, mirando al suelo, comprendiendo y a veces aceptando porque también un idiota tiene que vivir, claro que hasta otro pato u otro cartel, y así siempre.

Por Julio Cortázar.