El extranjero – Albert Camus.

Albert Camus

“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer”.

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«Por la tarde, Marie vino a buscarme y me preguntó si quería casarme con ella. Le dije que me daba igual y que podíamos hacerlo si era su deseo. Me preguntó entonces si la quería. Contesté, como ya había hecho una vez, que nada significaba eso, pero que ciertamente no la quería. «¿Por qué te casarías entonces conmigo?», dijo ella. Le expliqué que la cosa no tenía importancia alguna, pero que si ella lo deseaba podíamos casarnos. Además, era ella la que lo preguntaba y yo me limitaba a responder que sí. Comentó ella que el matrimonio era una cosa seria. Respondí: «No». Se calló un momento y me miró en silencio. Después habló. Quería simplemente saber si yo habría aceptado la misma proposición de otra mujer, a la que hubiese estado unido de igual modo. Dije: «Naturalmente». Se preguntó entonces si ella me amaba a mí, pero yo nada podía decir sobre ese punto. Después de otro momento de silencio, musitó que yo era raro, que sin duda ella me quería por eso, pero que tal vez un día yo le repugnaría por las mismas razones. Como me callaba, porque nada tenía que añadir, me tomó del brazo sonriendo y declaró que quería casarse conmigo. Le dije que lo haríamos cuando quisiera».

— Albert Camus

De El extranjero (L’Étranger, 1942). Alizanza Editorial, 1993. Traducción de José Ángel Valente. (*)

Escrito en el agua – Luis Cernuda.

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Luis Cernuda en su casa de la calle Viriato, Madrid, 1936. Residencia de Estudiantes

“Desde niño, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, durante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permanente: la casa familiar inmutable, los accidentes idénticos de mi vida. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las estaciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima.

Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruinaban. Como entonces me poseía el delirio del amor, no tuve una mirada siquiera para aquellos testimonios de la caducidad humana. Si había descubierto el secreto de la eternidad, si yo poseía la eternidad en mi espíritu, ¿qué me importaba lo demás? Mas apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo creía infundirle permanencia, huía de mis brazos dejándolos vacíos.

Después amé los animales, los árboles (he amado un chopo, he amado un álamo blanco), la tierra. Todo desaparecía, poniendo en mi soledad el sentimiento amargo de lo efímero. Yo solo parecía duradero entre la fuga de las cosas. Y entonces, fija y cruel, surgió en mí la idea de mi propia desaparición, de cómo también yo me partiría un día de mí.

¡Dios!, exclamé entonces: dame la eternidad. Dios era ya para mí el amor no conseguido en este mundo, el amor nunca roto, triunfante sobre la astucia bicorne del tiempo y de la muerte. Y amé a Dios como al amigo incomparable y perfecto.

Fue un sueño más, porque Dios no existe. Me lo dijo la hoja seca caída, que un pie deshace al pasar. Me lo dijo el pájaro muerto, inerte sobre la tierra el ala rota y podrida. Me lo dijo la conciencia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿cómo puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una sombra me arrastro entre el delirio de sombras, respirando estas palabras desalentadas, testimonio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi existencia”.

— Luis Cernuda

De Ocnos (1942-1949-1963). Extraido de Poesia completa. Editorial Siruela, 1993 (*)

El incendio alegre – Søren Kierkergaard.

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Søren Kierkegaard (1813-1855)

“¿Qué es un poeta? Una persona desdichada que oculta hondos sufrimientos en su corazón, pero cuyos labios son de tal naturaleza que si de ellos brotan sollozos y alaridos, suenan como una bella música. Le sucede como al desdichado que era torturado lentamente, a fuego lento en el toro de Falaris, y cuyos alaridos no llegaban hasta los oídos del tirano para horrorizarle, pues a éste le sonaban a dulce música. Y las personas se apiñan en torno al poeta y le dicen: vuelve a cantar, es decir, deja que los sufrimientos atormenten tu alma y que tus labios conserven su anterior forma; pues el alarido no haría sino angustiarnos, pero la música es deliciosa. Y los críticos intervienen diciendo: cierto es, así ha de ser según las reglas de la estética. Ahora bien, se entiende, un crítico se asemeja también a un poeta como una gota de agua a otra, con la salvedad de que aquél no tiene sufrimientos en el corazón ni música en los labios. Y por eso prefiero ser porquero en Amager y que me entiendan los cerdos, antes que ser poeta mal entendido por las personas”.

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“Pero qué absurdas son las personas. Jamás usan las libertades que tienen, mas exigen las que no tienen; tienen libertad de pensamiento, exigen libertad de expresión”.

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“Tengo valor para dudar de todo, eso creo; tengo valor para luchar contra todo, eso creo; pero no tengo valor para conocer; no tengo valor para poseer, para tener. Hay tantos que se quejan de que el mundo es tan prosaico que en la vida las cosas no son como en las novelas, donde las circunstancias parecen siempre de lo más favorables; yo me quejo de que en la vida no pasa como en una novela, en la que se dispone de padres de severo corazón, duendes y trols a los que combatir, princesas encantadas a las que liberar. Pero qué son todos esos enemigos juntos frente a las pálidas, exangües, longevas figuras nocturnas con las que combato y a las que yo mismo otorgo vida y existencia”.

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“¿Qué ha de llegar? ¿Qué traerá el futuro? No lo sé, no presagio nada. Cuando una araña se arroja desde un punto fi jo hacia abajo, hacia sus consecuencias, siempre ve ante sí un espacio vacío en el que no puede hallar apoyo por mucho que se estire. Eso mismo me sucede a mí: por delante, siempre un espacio vacío; lo que me impulsa hacia delante es una consecuencia que se halla detrás de mí. Esta vida está trastornada, es horrible; no se puede aguantar”.

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“En un teatro se declaró un incendio en los bastidores. Salió el payaso a dar la noticia al público. Pero éste, creyendo que se trataba de un chiste, aplaudió. Repitió el payaso la noticia y el público aplaudió más aún. Así pienso que perecerá el mundo, bajo el júbilo general de cabezas alegres que creerán que se trata de un chiste”.

— Søren Kierkergaard

Fragmentos de Diapsálmatas, 1842. Hermida Editores, 2015. Traducción del danés: Enrique Bernárdez. (*)

La condición humana – André Malraux.

André Malraux

“He aprendido que una vida no vale nada, pero también que nada vale una vida”

Aquel amor, frecuentemente crispado, que los unía como un niño enfermo; aquel sentido común de su vida y de su muerte; aquella correspondencia carnal entre ambos, nada de todo aquello existía frente a la fatalidad que decolora las formas de que están saturadas nuestras miradas. «¿La amaré menos de lo que creo?», pensó. No. Hasta en aquel momento estaba seguro de que, si ella muriese, él no serviría ya a su causa con esperanza, sino con desesperación, como un muerto. Nada, no obstante, prevalecía contra la decoloración de aquel rostro sepultado en el fondo de su vida común como en la bruma, como en la tierra. Se acordó de un amigo que había visto morir la inteligencia de la mujer que amaba, paralizada durante unos meses; le parecía ver morir a May así; ver desaparecer absurdamente, como una nube que se reabsorbe en el cielo gris, la forma de su felicidad. Como si hubiese muerto dos veces: por el efecto del tiempo y de lo que le decía.

(…)

«Pero yo, para mí, por la garganta, ¿qué soy? Una especie de afirmación absoluta, de afirmación de loco: una intensidad más grande que la de todo el resto. Para los demás, yo soy lo que he hecho»

(…)

«Los hombres no son mis semejantes; son los que me ven y me juzgan; mis semejantes son aquellos que me aman y no me miran; los que me aman contra todo; los que me aman contra la decadencia, contra la bajeza, contra la traición; a mí, y no lo que yo haya hecho o haga; quienes me amen tanto como yo me amo a mí mismo; hasta el suicidio, incluso… Sólo con ella tengo en común este amor, desgarrado o no, como otros, juntos, tienen hijos enfermos y que pueden morir…»

(…)

«No hay vida más que en Dios; porque el hombre, a causa del pecado, ha caído hasta tal punto; se ha manchado tan irremediablemente, que llegar hasta Dios es una especie de sacrilegio. De aquí el Cristo; de aquí su crucifixión eterna»

(…)

«Hay dos sonrisas (la de mi mujer y la de mi hija) que yo creería entonces que no volvería a ver, y me agradaría más la tristeza. El mundo es como los caracteres de nuestra escritura. Lo que el signo es a la flor, la flor misma, ésta —mostró una de las aguadas—, lo es a alguna cosa. Todo es signo. Ir del signo a la cosa significada es profundizar el mundo, es ir hacia Dios». Cree que la proximidad de la muerte… Espere…

Interrogó de nuevo a Kama, continuó su traducción:

—Sí; eso es. Cree que la proximidad de la muerte le permitiría, quizá, poner en todas las cosas bastante fervor, tristeza, para que todas las formas que pintara se convirtieran en signos comprensibles; para que lo que ellos significan (lo que ocultan también) se revelara.

— André Malraux (1901-1976)

Fragmentos de La condición humana, (La condition humaine, 1933).  Edhasa. Trad. César A. Comet

Vlad Draculea.

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Ilustración: Fernando Vicente.

Que Dios conserve mi cordura, pues es lo único que me queda. Seguridad y garantía de seguridad son cosas que pertenecen al pasado. Mientras viva aquí, solo puedo esperar una cosa: no volverme loco, si es que aún no lo estoy. Si todavía estoy cuerdo, resulta exasperante imaginar que de todas las abominaciones que acechan en este odioso lugar, el Conde es lo que menos me asusta. Solo él puede proporcionarme seguridad, aunque únicamente mientras sirva a sus propósitos. ¡Dios mío, ten misericordia de mí! Haz que conserve la calma, ya que si la perdiera no me quedaría sino la locura. Empiezan a aclararse ciertas cosas que me han desconcertado. Hasta ahora no había captado del todo qué quiso significar Shakespeare cuando le hizo decir a Hamlet:

¡Mis libretas! ¡Rápido, mis libretas!
Es conveniente que lo anote…

porque ahora que me siento como si tuviera la mente desquiciada, o como si hubiera recibido una conmoción que pudiera acabar por arruinarla, vuelvo a mi diario en busca de sosiego. La costumbre de anotarlo todo minuciosamente creo que me ayudará a serenarme.

(…)

La vida es lo de menos: no me importa perderla. El fracasar en esta lucha no es solo una cuestión de vida o muerte. Implicaría que nos volveríamos como él; que en adelante nos convertiríamos en horribles criaturas de la noche como él, sin corazón ni conciencia, y nos alimentaríamos de los cuerpos y las almas de aquellos a quienes más amamos. Las puertas del cielo se nos cerrarían para siempre; porque, ¿quién nos las abriría de nuevo? Seríamos eternamente aborrecidos por todos; un borrón para el prestigio de Dios; una flecha en el costado de Aquel que murió para salvar a la humanidad. En estos momentos tenemos un deber que cumplir; ¿acaso podemos echarnos atrás? Por lo que a mí respecta, digo que no; aunque sea viejo y la vida, con sus alegrías, sus lugares hermosos, sus pájaros cantores, su música, y su amor quede ya lejos. Pero ustedes son jóvenes, y aunque alguno haya conocido ya las penas, todavía les esperan días felices. ¿Qué piensan ustedes?

— Bram Stoker

Drácula, 1897.  Editorial: Reino de Cordelia, 2014. Traducción: Juan Antonio Molina Foix. Ilustrador: Fernando Vicente.